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“Chicuarotes” de Gael García Bernal, en el suspenso por escapar.

“Chicuarotes” presenta el drama de un país desde un microcosmos que aunque parece común sigue siendo extraordinario, como un ajolote regenerándose.

Por Antonio Harfuch Álvarez

“Chicuarotes” del director y actor mexicano Gael García Bernal, es una de esas películas nacionales que puede resultar tan común como extraordinaria. Heredera del cine que protagonizó a principios de los 2000, tiene la crudeza con la que se retrató la Ciudad de México (esta vez la parte rural) en “Amores Perros” (2000) como el retrato de una juventud reconociéndose en “Y tu mamá también” (2001).

Con guion de Augusto Mendoza (“Abel”, 2010) “Chicuarotes”, gentilicio de los habitantes del pueblo de San Gregorio Atapulco de Xochimilco en la Ciudad de México, comienza con Cagalera (Benny Emmanuel) y Moloteco (Gabriel Carbajal), dos payasos que cuentan chistes en un autobus para ganarse la propina de los pasajeros. Sin éxito y para la sorpresa de Moloteco que sigue cada jugada de su amigo como oveja pasiva, Cagalera saca una pistola y asalta a los pasajeros. “Se los dijimos por las buenas y no hicieron caso”. Este acto será el comienzo de la complicidad entre dos amigos que pasan de payasos a delincuentes.

Al interior de la vida de Cagalera, las cosas no parecen ir bien. Su madre Tonchi (Dolores Heredia) es violentada por su padre alcohólico Baturro, quien vive añorando su pasado como taxista y amigo de Olga Breeskin y El Comanche. También presume de su piel blanca de origen español e insulta sus hijos por tener la piel morena. Cagalera se enfrenta Baturro con terror por defender a su madre y acaba cada noche por huir a casa de su amiga-novia Sugheili (Leidi Gutiérrez) que cuida de dos ajolotes. “Estos animalitos son de aquí y el agua se ha vuelto tan sucia que ya no pueden ni vivir ahí”.

Las puertas para Cagalera están cerradas por todas partes. Por eso no sorprende que recurra a convertirse en delicuente. No como una opción a decidir sino como su único destino: salir del pueblo y empezar una nueva vida con Sugeli. En este intento, su acompañante es Moloteco que no está muy seguro de lo que está haciendo pero que será fiel hasta el último momento.

La decadencia su pueblo los va a alcanzar hasta impedir que logren su cometido. Pero también las contradicciones que hay en una persona entre sus valores y su realidad. Ambos amigos saben que no están haciendo lo correcto pero sus actos parecen tener la inocencia de dos niños que están jugando con fuego. Escondida por fuera está la violencia, la homofobia, el racismo, el machismo y el resentimiento de un país que está perdido. “Chicuarotes” se convierte en un relato de ficción de nuestro tiempo, que es peor de común de lo que pensamos y así de extraordinario de lo que hemos visto. No por su realismo sino por la fatalidad de sus consecuencias; por la ausencia de respuestas y en el suspenso de un intento de escape. Desbordante en tensión, revela el drama de un país del que solo se puede salir con quemaduras o al que hay que preservar en una pecera de cristal.

La película fue presentada en el Festival de Cannes 2019, en una presentación especial fuera de competencia.

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