Cine LGBTQ+

Bixa Travesty: El cuerpo político de América Latina

Cuando ella está pasando todos se burlan en su cara

pero escucha, hombre macho, presta mucha atención,

siéntate y observa tu propia destrucción

Linn da Quebrada

Latinoamérica sigue abriendo sus venas. Vivimos en sur global. Vivimos en un paraíso sin leyes. Nuestro maíz respira aire de pobreza y nuestros moretones reprimen el sangrado de la violencia generalizada y el machismo interiorizado.

No podemos garantizar que toda Latinoamérica camina hacia una sociedad que trate a las mujeres como seres humanos, cuya dignidad no está en negociación. Tampoco podemos asegurar que exista un consenso en la dignidad de las personas homosexuales, bisexuales, transgénero, transexuales, travestis, queer, intersexuales, asexuales, no patriarcales, no binarias.

Lo que sí existe, no obstante, es una nueva ola en la marea del cine latinoamericano, caracterizado por la representación de personajes LGBT+ y sus historias. Un cine que destaca por su calidad artística, así como por su poderoso impulso discursivo de inclusión, crítica y empatía en un contexto aún escabroso.

Un gran ejemplo de esto es el documental brasileño ganador del premio Teddy ‘18: Bixa Travesty. La película ha brillado en Brasilia, Toronto, Milán, Berlín, Los Angeles, Florida, entre muchas otras ciudades ¿Qué es lo que está haciendo al mundo voltear la mirada hacia Bixa Travesty? En la compleja respuesta a esta pregunta se puede encontrar un poco de contexto socio-histórico-cultural, un poco de cine queer latinoamericano y el innegable talento de sus directores, Kiko Goifman y Claudia Priscilla, así como el del personaje que han retratado, la artista Linn da Quebrada.

Latinoamérica LGBT

México ha exportado el término “macho” a todo el mundo. Los machos mexicanos que golpean a sus mujeres y que han dejado muertas en Juárez, en Ecatepec, en aquellas comunidades recónditas donde menores de edad son vendidas como esposas. Las machas mexicanas que justifican culturalmente las violaciones sexuales.

Nuestro México, lindo y querido, sangrante y golpeado, sigue pisándole los talones a otro país grandioso de América Latina. Brasil ha sido desde hace varios años el líder mundial en violencia a la comunidad LGBT+. Ambos Estados van de la mano en atrocidades tan indecibles que no deben cesar de ser denunciadas, pero también van juntos en el camino hacia la apertura del mundo hacia los colores que el prisma descompone de la luz.

Entre 1999 y 2013 América Latina y el Caribe lograron expandir los derechos de la comunidad LGBT+. Esta década y media ha sido testigo de la aprobación del matrimonio igualitario, adopción de infantes, descriminalización de actos homosexuales e inclusión al servicio militar. Siendo pruebas, testigos y sujetos activos de estas circunstancias contamos con una comunidad política abiertamente LGBT+, cada vez más representativa y representada, así lo vemos en los casos de Carlos Bruce (Perú), Diane Rodríguez (Ecuador), Valentina Verbal, Claudio Arraigada (Chile), Jean Wyllys (Brasil) y, en el caso de México Patricia Jiménez Case, David Sánchez Camacho y Enoé Uranga.

El contrapeso, sin embargo, tiene mucha gravedad. Además de una fobia sistemática a la comunidad LGBT+, su correspondiente discriminación, criminalización, estigmatización y una indignantemente amplia gama de abusos, siguen existiendo sectores socio-políticos que se rehúsan o luchan activamente en contra de la igualdad de derechos ante la ley. Jamaica, Haití, Belice, Guyana y el Salvador son los países latinoamericanos donde menos se apoya el matrimonio igualitario, mientras que Venezuela, República Dominicana, Guatemala y Paraguay lideran en nuestro continente cultural la menor representatividad LGBT+ en el marco político.

Un caso muy diferente es el de países americanos como Canadá, Uruguay, Argentina y Estados Unidos, donde, a comparación de los anteriores, el matrimonio igualitario está ampliamente aceptado. Los dos países que siguen en la lista son, irónicamente, Brasil y México.

Nos encontramos con una paradoja muy profunda ¿Cómo los dos países que lideran a nivel mundial la violencia a la comunidad LGBT+ están dentro de los países del continente donde más se apoya uno de los derechos más peleados por dicha comunidad?

En 2012 la Secretaría de Educación brasileña sacó el “Kit gay” con amplia distribución en escuelas, con fin de concientizar a la población joven sobre los peligros de la homofobia. Dos años más tarde, sin embargo, se reportaron en el país 300 homicidios de la comunidad LGBT.

En 2009 la Suprema Corte de Justicia de la Nación mexicana votó unánimemente a favor de una mujer trans para cambiar su acta de nacimiento, de manera que no se revelara el sexo en dicho documento. En 2013 la misma Corte define las palabras peyorativas “puñal” y “maricón” como términos de discurso de odio. En el otro lado de la balanza, el año anterior la entonces candidata a la presidencia, Josefina Vázquez Mota, se opuso al aborto y al matrimonio igualitario frente al Episcopado.

Nuestra Latinoamérica es contradicciones.

 

El cine queer tiene tantas interpretaciones como espectadores y creadores. Un punto de acuerdo, sin embargo, es la ampliación de nuevas identidades representadas en la pantalla grande.

La crítica de cine B. Ruby Rich ha ubicado el momento histórico cuando explotó la estrella del cine queer en Estados Unidos. Como cualquier fenómeno, es la intersección de una multiplicidad de eventos: la epidemia de VIH/SIDA de los ochenta y noventa, la discriminación y violencia contra la comunidad LGBT y la democratización de los medios de filmación, facilitados por el cine digital (las camrecorders de Sony, por ejemplo): “Desde el principio el Nuevo Cine Queer era un término más adecuado para describir un momento que un movimiento. Su propósito era capturar el ritmo de un nuevo tipo de quehacer en cine y video: fresco, provocador, de bajo presupuesto, inventivo, libre de remordimientos, sexy y estilísticamente atrevido” (B. Ruby Rich)

Por su parte, Judith Butler justifica el término “queer” como un performance cotidiano del que todos y todas, de alguna manera, somos parte. Como seres humanos, naturalmente sociales, con capacidad de autorreflexión y creación de identidad, escogemos elementos sobre nosotros mismos para mostrar a los demás.

Con películas como Brokeback Montain (Ang Lee, 2005), The Danish girl (Tom Hooper, 2015), Carol (Todd Haynes, 2015), Transamerica (Duncan Tucker, 2005), entre muchas otras, Estados Unidos ya ha convertido el cine LGBT+ en cine mainstream, tanto así que Rich menciona que la supernova se ha extinguido.

América Latina, sin embargo, está viviendo una apertura hacia esta temática. Películas como La visita (Mauricio López Fernández, 2014), Feriado (Diego Araujo, 2014), XXY (Lucía Puenzo, 2007), The Material Boy (Luizo Vega, 2015), La niña santa (Lucrecia Martel, 2004) y, más recientemente, el apabullante éxito internacional de Una Mujer Fantástica (Sebastián Lelio, 2017), han hecho que el mundo entero voltee a apreciar el cine queer latinoamericano de los últimos años.

Así Latinoamérica sale del clóset a través de su arte, para crear personajes a imagen y semejanza de las personas a quienes retratan, lejos de los estereotipos opacos a los que habían sido reducidos. La crítica social, la identidad política y la lucha (individual o colectiva) son elementos de este cine que intencional o accidentalmente deconstruyen o destruyen la heteronormatividad que ha reinado el arte cinematográfico.

Nuestro cine se abre a nuevas identidades superando la binariedad del género y mostrando entre ese blanco-negro, no una escala de grises, sino el rojo, naranja, amarillo, verde, azul, morado; la L, la G, la B, las tres Ts, la I, la A; superando la simplista relación causal entre género y sexo. Esta exploración responde a nuestro contexto social de mestizaje, machismo, incluso de post-colonialismo, menciona José Alejandro Pérez Eyzell. Responde, más que nada, a una apertura sin precedentes inmediatos que celebra la humanidad en su riqueza identitaria, afectiva y sexual más amplia.

Bixa Travesty

Una de las películas latinoamericanas que más han llamado la atención en los últimos años es el documental Bixa Travesty. El trabajo fue dirigido y escrito por Kiko Goifman y Claudia Priscilla, quienes han formado una mancuerna artística desde 2002 con proyectos como Vestido de Laerte (2012) y Olhe pra mim de novo (2012), en los que abordan temas LGBT. Con Bixa Travesty, su más reciente película en conjunto, los cineastas siguen los pasos, conciertos, programas de radio y duchas de la artista Linn da Quebrada: “bicha, louca, preta, favelada”.

El carisma de Linn da Quebrada es innegable: “Todo quien me conoce se enamora de mí”, dice una y otra vez; y es cierto. Su magnetismo se siente no sólo cuando está en un escenario haciendo juegos de palabras en contra del patriarcado y el racismo, moviendo sus caderas como expresión de la liberación sexual; también ejerce esa magia cuando vemos lágrimas escurrir de sus ojos, cuando está internada en un hospital o revisando las fotografías que más le gustan. El documental nos acerca a todas estas vivencias de un modo maravilloso, porque no sólo conocemos a la artista desafiante y sensual, sino al ser humano en lucha continua, una persona que comete errores y ama a su madre.

Linn da Quebrada usa su voz para celebrarse como “bixa” y “travesty”, como parte de una apropiación y resignificación de la discriminación que abunda en su entorno. Frente al patriarcado, la música; frente a las expectativas de género, la ampliación de La Mujer.

Todo es político: nacer en la periferia, amarse a uno mismo, la sexualidad, la identidad y el propio cuerpo. Como cualquier territorio geográfico, nuestra piel, órganos, nervios y células registran nuestras transformaciones, hasta las grietas y los sismos. Es por ello que el cuerpo es la principal forma de existencia, nos dice Linn. Así, los directores la retratan con el cuerpo mojado, limpio, pintado con un plumón; el contacto piel con piel en abrazos, sobre el escenario o en la regadera, logrando uno de los objetivos de la misma Linn: validar el cuerpo, tal como es, mas sin reducir la sexualidad y el género a los genitales.

Habiendo vivido el machismo y la homofobia de las favelas, Linn da Quebrada es clara en su crítica a la exclusión de las mujeres, al patriarcado ha mantenido en su poder lo que significa ser mujer u hombre, a los sistemas racistas brasileños, a la desigualdad social. Sin quedarse en silencio, la artista usa sus propias experiencias como la materia prima para la producción de saberes marginales a través de la música, la dignidad y la fortaleza. Sin pretender no ser vulnerable, Linn también nos cuenta su proceso personal para lograr ser quien es: “los fragmentos de un espejo donde antes se reflejaba un hombre”, cuenta a la cámara. Por todo esto Linn no sólo es honesta y desafiante en su estilo y mensaje artístico, sino a través de ella misma, en su cuerpo, movimiento e identidad.

*

Linn da Quebrada está consciente de su entorno aún machista y patriarcal, racista y clasista. La artista se considera una “terrorista de género”, porque ama su cuerpo, se considera bonita, y no le pide ni permiso ni perdón a nadie por ser libre y plenamente quien es. “No estoy trastornada (…) seré un trastorno a los términos que han creado”.

La disrupción de la artista no sólo se construye en una atmósfera de amistad, sensibilidad, fiesta y un ritmo increíblemente poderoso, sino que llega en un momento que podría ser crucial para Latinoamérica. Los últimos años se han garantizado muchos avances alrededor de las identidades de género, libertades sexuales e igualdad de derechos. A la par, continuamos en contextos donde predomina el odio, el estigma, la discriminación y la violencia.

Ante esta realidad Bixa Travesty llega contundente, sin pleonasmos ni censuras, y nos envuelve en un ambiente donde se celebra el cuerpo y la identidad, no como elementos abstractos que flotan en el aire, sino como factores socio-políticos que repercuten en lo material y que suenan en cada beat, cada rima y cada circulación de cadera.

Autora: Patricia Ríos

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